Reflexiones tras una Nochebuena en una residencia con enfermos de Alzheimer


Está claro que hay miles de realidades distintas, que cada familia es un mundo, que ni siempre el anciano es el "bueno" ni los hijos son todos "malos".
Tras los días navideños que, inevitablemente, conllevan más ajetreo y compromisos que el resto del año, retomamos nuestro ritmo habitual de vida. Hemos disfrutado de las fiestas, de los encuentros familiares en torno a una mesa de gala, de las sorpresas de los pequeños y las complicidades de los mayores, de la ocasión que la Navidad nos brinda para valorar todo lo que tenemos, agradecer por ello y recordar a los que son menos afortunados.

Debido a lo avanzado de su enfermedad de Alzheimer, para mi padre estos días han perdido ya todo su significado. Palabras como Nochebuena no le dicen absolutamente nada y no recuerda nada de las navidades pasadas…ni siquiera lo que son estas fiestas.

En realidad, para él, estos días son origen de muchas alteraciones: en la residencia en la que vive les amenizan las tardes con la visita de coros y actuaciones, hay mucha más gente de lo normal que va a ver a sus familiares, las luces, las decoraciones navideñas, la música con acordes de villancicos… Todo crea, en estos días, una cotidianeidad distinta a la que está acostumbrado. Y eso le confunde, le perturba.

Por ello, no queremos empeorar las cosas sumando una salida, y con todo lo que nos gustaría traerlo a casa y pasar esas horas juntos, hemos optado por dejarle en la residencia y reunirnos sin él. No es fácil, nada fácil. Para nosotros es una ausencia quizás más dolorosa que la de mi madre. Ella ya no está con nosotros y eso lo vamos asumiendo. Pero él sí, está vivo, y le queremos y le extrañamos en estas reuniones familiares. Y no verle es sentir un hueco en el corazón, sabiendo que está solo, en su mundo interior, en ese al que pocas veces los demás accedemos.

Este año, cuando fuimos a pasar la tarde con él estaba muy abstraído, le costaba interesarse por lo que ocurría a su alrededor, solo me repetía: “mucho lío, mucho lío”. Sentados con él, se nos acercó un señor que también vive en la residencia. Es una persona de edad avanzada pero con una salud de cuerpo y mente envidiables. Es, además, una persona muy sociable, que conoce a todo el mundo y está pendiente de cuanto sucede en la pequeña sociedad en la que viven.

Al llegar ya nos advirtió acerca de mi padre: “Hoy está muy ausente”. Y así era. Nos preguntó si podía sentarse con nosotros y comenzó a contarnos cosas acerca de su vida, su familia, el trabajo que hizo durante años.

Al irnos y mientras nos despedíamos nos dijo: “No saben que buena tarde he pasado. Aquí se echa mucho de menos a la familia”. De camino al coche, y a pesar de que era de noche, tuve que ponerme las gafas de sol, en el más puro estilo Blue Brothers. Tuve un pulso con unos cuantos lagrimones que se empeñaban en escaparse.

Lo cierto es que, en todos los años que mis padres llevan viviendo fuera de su casa, hemos conocido muchas historias personales de todo tipo. Y hay ancianos encantadores y otros no tanto. Sin pretender juzgar a nadie no puedo dejar de preguntarme por qué hay hijos tan dolorosamente ajenos a aquellos que les dieron la vida. Está claro que hay miles de realidades distintas, que cada familia es un mundo, que ni siempre el anciano es el “bueno” ni los hijos son los “malos”, pero al final llego a la conclusión de que una sociedad en la que la vejez se vive, en muchos casos, como algo lamentable, triste y solitario, es una sociedad enferma.

Somos lo que somos, en buena parte gracias a los que nos precedieron, a su trabajo, a su amor y también, ¡claro! a sus errores… Pero no estaríamos aquí sin ellos. Y si lo que les ofrecemos en sus últimos años es la soledad, el aislamiento, cuando no la desatención y el olvido, entonces estamos equivocados.

Nuestros hijos harán lo que nos han visto hacer, y algo está muy mal en nuestras almas si, como en un caso conocido y cercano, la razón para no visitar a los padres octogenarios y con graves mermas en su calidad de vida, es que el aparcamiento en la zona en la que viven está imposible. Francamente… ¡se me caería la cara de vergüenza sólo de pensarlo! Hasta para el egoísmo ha de haber un límite.


Ana Romaz / Actualizado 4 enero 2014 (www.hechosdehoy.com)

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